Vivencias en la caliente frontera con la Franja de Gaza
La mañana soleda y clara permite ver claramente los edificios de la conocida Franja de Gaza, apenas a dos kilómetros del puesto militar en el que el portavoz del Ejército israelí ofrece una charla explicativa a los miembros de la delegación argentina de la Federación Universitaria del Río de la Plata (FURP). De un lado los israelíes, y del otro los palestinos. En el medio, una de las fronteras más calientes del planeta. En Gaza viven más de 1.400.000 habitantes, y allí la organización Hamas y su grupo terrorista es muy fuerte. De la Franja de Gaza se retiró Israel en 2005, y desde entonces, los enfrentamientos están a la orden del día. Solamente en los últimos meses cayeron en Sederot, desde Beit Hanun y sus alrededores, cerca de dos millares de cohetes kassan causando cerca de una docena de muertos y centenares de heridos.En medio de las explicaciones se visualizan nerviosos movimientos entre el personal militar israelí. En instantes nada más, a apenas 800 metros de donde nos encontramos escuchando las explicaciones caerá un explosivo. El ruido de los disparos, a nuestras espaldas, evidencian claramente que acaba de producirse un ataque y la respuesta no tarda en llegar. Para los soldados israelíes, esto parece ser normal. Esto es habitual dice el portavoz militar, quien no obstante reconoce que allí enfrente "los palestinos son muy buenos haciendo túneles", con los cuales consiguen acopiar y a su vez trasladar armamento y explosivos sin ser detectados por los satélites israelíes. De hecho, la Franja está totalmente montireada desde este lado de la explosiva frontera. Sobre el grupo de los miembros de la delegación argentina, un globo aerostático, con moderna tecnología, transmite en tiempo real lo que sucede entre los palestinos vecinos.
"La semana pasada –reconoce uno de los vocero del ejército local- filmamos misiles lanzados desde un escuela de Naciones Unidas. Los grupos terroristas también operan desde casas residenciales y se nos hace muy difícil responder a esos ataques porque no queremos que haya muertes civiles. No queremos que tengan mártires".
Siguen resonando las detonaciones mientras se indica que Hamas ya se apoderó totalmente de la Franja. De hecho, ganó los comicios recientemente. De aquellos tiempos en que conformaban sus explosivos utilizando fertilizantes hasta las sofisticadas armas con que cuentan hoy ya han pasado numerosas negociaciones y todo sigue igual.
El grupo argentino vuelve a reunirse junto a una torre. ¿Cuántas víctimas ya se contabilizan del otro lado?. Hay evasivas por parte del oficial judío, quien aclara que cerca del 20 por ciento de los cohetes fallan y explotan en propio territorio palestino, con lo cual "también se producen muertes". Para el militar, quien sabe que antes que anochezca llegará un nuevo cohete, en territorio enemigo""hay una sociedad educada en el odio". En tal sentido, aprovecha la presencia de los periodistas argentinos para comentar que la yihad en Gaza organiza campamentos de verano para los más chicos "y una de las actividades es disfrazarlos con cinturones de suicida. En la televisión de Hamas, porque Hamas cuenta con canal propio, hay un dibujo animado tipo Micky Mouse –se llama Barfur-que "dice que no está mal asesinar a civiles y que morir por la causa es justo. En Israel amamos la vida. Allá no se", observa el militar israelí señalando la frontera.
"Muchos de los niños ya no están"
Subimos al micro comentando lo vivido instantes atrás. Esporádicamente se escuchan más disparos mientras nos dirigimos a una escuela donde nos esperan docentes y alumnos para contarnos cómo viven. Un gigantesco cartel da la bienvenida a Sderot. Un extraño recibimiento al visitante que llega a la ciudad lindante con la Frontera de Gaza donde en tipografía gigantesca se lee 5726. Se nos explica que 5726 son los cohetes que cayeron en la región en los últimos siete años.
Iafi Shpirer es docente, argentina, y hace 30 que vive en Israel. Especialista en terapia post traumática nos lleva hasta la escuela donde los chicos están en plena clase. Junto a toboganes y hamacas hay refugios adaptados para los chicos. Los techos del colegio también están preparados para impedir ser atravesados por los cohetes. Desde que suena la alarma, los chicos y sus maestran tienen hasta 15 segundos para cubrirse. "Muchos alumnos se tiran bajo las mesas y rezan mientras dura el peligro. Es realmente conmovedor", explica Iaffi mientras los miembros de la delegación argentina -entre ellos, la titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, María José Lubertino, se confunden batiendo palmas con los chiquilines que ahora cantan con ganas en una de las aulas. Siguen más canciones, todas de paz y a alguno de los argentinos se le escapa una lágrima.
Afortunadamente no se escucha por los altavoces la frase
"color rojo", que significa que los chicos deben salir corriendo a los refugios. El rojo, precisamente, uno de los colores que los pibes de esta escuela, no quieren usar en sus dibujos. Nos cuentan que días atrás cumplía años uno de los pequeños . ¿Qué querés para tu cumpleaños?, le preguntó una de las maestras. Y el chico fue claro y concreto. "Quiero poder jugar al fútbol con mis amigos en la calle sin problemas", refirió. Del otro lado de la frontera se deben escuchar reflexiones similares.
Aparece en escena Coral. Tiene once años y sonríe nerviosamente. Hace unos meses escribió sobre los enfrentamientos, los cohetes, el dolor y el miedo pero con las palabras de una nena de once años. La directora de la escuela se entusiasmó y la llevó a un estudio de grabación, donde letra y música se confundieron en una verdadera maravilla que ahora escuchamos extasiados, sentados prácticamente en medio de un silencio sepulcral. Coral nos mira con esos hermosos ojazos y canta ante su extraña audiencia.
"Yo quiero ver el cielo, que es tan lindo en este lugar. Y quiero salir a jugar, pero muchos de los niños ya no están. Quiero ver la gente, pero la gente se va. Mi ciudad es linda pero se está vaciando. Pero yo me quedo aquí.¿Cuándo van a volver todos?. No quiero ver a más a la gente llorando por sus hijos" canta y nos traducen.
Coral se vuelve a su clase y todo es silencio. Las palabras, por un momento, sobran. Nos despedimos y subimos al micro para ir a conocer cómo se vive en un kibut. Ya son las dos de la tarde. Esto no será un día más, reflexiona alguien del grupo mientras por una vez, las risas, las bromas, el bullicio desaparecen mientras a la derecha, el cartel con ese doloroso 5726 parece más enorme que hace un rato.
