Al mejor cazador se le escapa su presa
si no se actualiza constantemente
Esta es la historia real de cómo un ganador de mujeres, aliado a la buena lectura y amante de los grandes escritores, choca contra la dura realidad que lo obliga a cambiar de estrategias.
Hay gente que lee por verdadera nece-sidad. Por ese sublime acto, esa conjunción única e irrepetible que se da entre el libro y uno. Hay gente que lee porque no tiene otra cosa que hacer. Hay quien lee porque cree que alguna vez encontrará “su” libro. Hay quien lee con amor, con pasión, hay quien lee por recomendación y hay también quien lee por costumbre. Pero hay quien lee con el único fin de “levantar minas” y éste es el caso de Adolfo D -llamémoslo así-, quien no vive su mejor temporada.
Adolfo es un tipo simpatiquísimo que me autorizó a contar esta historia sólo con la condición de cambiarle el nombre, por prevención ante maridos engañados, deudores, porteros y comerciantes barriales que hacen cola para fajarlo. Pero, doy fe, su vitalidad, su alegría, sus ganas de vivir, no se parecen en nada a las que esgrimía, por ejemplo, un par de veranos atrás.
Este pelafustán, 38 años, melena con colita, lentes tipo Lennon, jeans bombillas supergastados por el uso, remeras por lo general desteñidas y zapatillas de lona Topper negras, merodea siempre por las mismas zonas. Donde se registre la presentación de un libro, en las charlas de escritores, en los bares que no están de moda o hasta en los supermercados, el tipo se hace presente, pero siempre con un libro en la mano. Por lo menos, las cinco o seis veces que lo encontré “paseaba” el mismo libro, viejo, tapa descolorida. Un ejemplar de “Historias de cronopios y de famas”, de Julio Cortázar, que le habían regalado cuando obtuvo el mejor promedio en el viejo quinto año de la secundaria. Era su fetiche, su carnada, su talismán.
Adolfo ama a las mujeres. A todas. Casadas, divorciadas, solteras, altas, bajas, delgadas, obesas... Todas le vienen bien, a juzgar por su cacería en la última década. Siempre que le den hospedaje y comida, el tipo siente que se gana el quini. Y hasta ahora, tan mal no le fue. Ha vivido toda la época menemista y parte del “delarruismo” de garrón, es decir, en casa prestada con heladera ajena, y, claro está, huyéndole a todo lo que tenga olor a laburo. Y todo gracias a la literatura. O a cierta literatura.
Me divierte escucharlo, siempre con un café de por medio que jamás paga, pero eso ya está entre las condiciones aceptadas a la hora del encuentro. Dos o tres veces al año nos cruzamos y, debo admitirlo, muchas veces me río con ganas ante sus anécdotas. Como se las festejo y como el tipo sabe que alguna vez lo traicionaré y escribiré sus historias, se larga a hablar y a gesticular y, en verdad, suena mucho más agradable que esos lateros, como se quejaba Roberto Arlt, que aprovechando el descuido de uno no sólo se sientan en tu tranquila mesa del café, sino que te involucran en los dramas de la cuñada, la enfermedad del perro o las hazañas del sobrino que “se está llenando de guita en Estados Unidos”.
Una década de triunfos
Por eso prefiero a estos personajes con los cuales uno convive a lo sumo diez horas por año pero la pasa bien. Me estoy yendo por las ramas. Estábamos en que no era el mejor verano de Adolfo, pero vale la pena contar cuál es su estrategia, su tarea, su técnica.
El tipo lee todo aquello que puede llegar a ser de interés para entablar conversación con una mujer y seducirla. De ahí a trasladar su miserable bolso de lona con sus pertenencias a la casa o departamento de ella hay muy pocos pasos. Durante diez años ganó. Algunos fueron primeros premios, pero otros no daban precisamente para el elogio. Pero él estaba feliz. Se reía de quienes trabajaban mientras pateaba las calles sin demasiadas preocupaciones.
-¿Cómo hacés?, le preguntó una vez un mozo de esos que no se pierden ninguna conversación aunque estén atendiendo veinte mesas a la vez. Él lo asesinó con la mirada.
-Una técnica de diez años no se la voy a entregar, y menos gratis, al primer chichipío que se me cruza -alegó.
No me animé a preguntarle más, pero el egresado de la Universidad Nacional de la Haraganería en realidad necesitaba confiárselo a alguien, como si de esa forma ya se transfonnara en una asociación ilícita con una pena más leve. Y está claro que si el que escucha festeja y adula, la lengua se afloja con más facilidad.
Así fue como me enteré del “trabajo” del hombre que se fuma no menos de 40 “Particulares 30” por día. O mejor dicho, de cómo se puede vivir sin trabajar y dormir siempre acompañado.
Cerca de veinte conquistas, con todos los gastos pagos, pueden ser acreditadas y documentadas. A todas se las ganó de la misma forma. Con su librito en mano, les dijo lo que querían oír. Se sabía todos los poemas de Neruda, las mejores frases de Galeano, las anécdotas más jugosas de Borges, los escritos más tocantes de Whitman y todo aquello que tuviera sabor a amor. Era tan sofisticado en sus métodos que hasta recitaba de memoria las letras de todos los temas de Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute y hasta Ricardo Arjona. “Hay público para todo”, explicó alguna vez cuando le critiqué lo de Arjona, sabiendo que era un fanático de Serrat, quien, según él, alguna vez dijo que “todo aquello que hace el hombre tiene como único objetivo conquistar a una mujer.”
Hacía -de hecho lo sigue haciendo- lo que denomina “la gran Testigo de Jehová”, esto es, anda con el librito de acá para allá, ya que “nunca se sabe dónde va a saltar la liebre”. Las olfatea a la distancia, las divisa como sólo él puede hacerlo, se produce el acercamiento y llega el zarpazo, dulce, claro, con el recitado de poesías, café por medjo, en la góndola del supermercado, en la cola del cine o donde pinte. Y el muy caradura, más de una vez, se animó a garabatear en servilletas de papel. “Para escribir esta poesía me alcanzó con sólo mirarte”, mintió, pensando en los próximos seis meses de vagancia, plazo que jamás pudo superar bajo un mismo techo.
“Me mató la televisión”
Robaba, le afanaba frases a todos los grandes con total desparpajo y naturalidad. Peor que un fabricante de señaladores. Al instante medía la capacidad de lectura de su interlocutora, y en esto nunca se equivocaba. Una fiera, un cazador admirable ante su presa, un filósofo del verso, un arquitecto de castillos imag¡narios.
Adolfo es de remarla. Eso es cierto. Y cuanto más difícil aparece en los papeles previos la conquista, más disfruta, más se
esmera. “No eslo mismo ganar con un aforismo, que llevarte del brazo a quien te hizo pasear por las obras completas de Borges”, me confesó seriamente hace algunos años, cuando estaqa orgulloso de quien le daba casa, ropa y comida, en plena Playa Grande.
Pero el tema de esta nota, la idea medular, tenía relación con el mal momento que está pasando este flaco que sigue fumando sus últimas reservas.
“La televisión me mató”, disparó con el tercer cortado.
No necesitó que le diera pie para explayarse. Acomodó el pocillo, miró un par de segundos hacia derecha e izquierda solamente para ejercitar su gimnasia de cazador y, cuando comprobó que el mozo estaba lejos, largó la catarata de quejas.
-Esto no va más. Así no se puede. Lo mínimo que pide uno es respeto, nivel.
-Un cacho de cultura, como decía Clemente -lo interrumpí.
-Llamalo como quieras. Lo que sí te puedo asegurar es que las minas están todas locas. O quebraron todas las librerías, o alguien se afanó los buenos libros, o se vino una ola gigante y yo no la vi pasar.
-¿Y qué tiene que ver todo esto con la televisión? -me impacienté.
-¿Cómo qué tiene que ver, gilazo? Decime cuántas veces viste en la tele programas sobre Galeano, Borges, Cortázar, Whitman, Bioy Casares, Cela o algunos de estos monstruos que sabían escribir. No, ahora nada de eso existe.
-Disculpá, pero no te entiendo.
-¿No me entendés o hacés el que no me entendés? (Su tono de voz iba subiendo en la misma proporción que giraban las cabezas de las mesas vecinas hacia la nuestra). El otro día terminé cenando con una hermosa dama, 40 años, algunos meses de separada. Un bombón. Culta, elegante, perfume francés, viajada, buenos zapatos, que sabés que es lo primero que miro para radiografiarla... Hablamos de escritores, de libros, de poetas y de locos. Y me sale por ahí con una frase que me hizo creer que todo volvía a los viejos tiempos. “Como dice Jorge”, disparó. Casi grito de emoción. “Habla de Borges”, pensé, y para colmo, con familiaridad. Esta ya era mía. Tras seis fracasos consecutivos, acá metía el esperado golazo. Me sentía como Palermo en sus mejores épocas de sequía en el Villarreal, ahora con el arco libre. “Otra al buche”, pensé...
Hizo una pausa. Sin pedir permiso me sacó el paquete de cigarrillos, prendió uno y tras la bocanada inicial se agarró la cabeza.
-¿Sabés quién era Jorge?
-Sí, Borges, supongo.
-Yo también lo suponía. No, no, no... Jorge era Bucay. Sí, Jorge Bucay, el de la tele, el de los libros de autoayuda, el que las tiene atontadas a todas (se agarraba la cabeza). Yo de Bucay no leí una línea en mi vida. Ahora vas a la playa y todas las minas están leyendo algo de este fulano, vas al supermercado y de los seis libros más vendidos, siete son de él. Estás en un bar y escuchás cómo entre ellas se aconsejan. “¿Leíste Cartas para Claudia?” No, me devoré “Amarse con los ojos abiertos” y ahora estoy loca con “El camino del encuentro”. Y en los cumpleaños se regalan “El camino de la felicidad”, a Papá Noel le piden “El camino de la autodependencia” y a los Reyes “De la autoestima al egoísmo”. Es una invasión. Hasta le tomé cariño a Coelho, con eso te digo todo...
-Adolfo, si Bucay entiende a las mujeres, si lo suyo se vende como pan caliente, debe ser un genio. Creo que te mató -le disparé con maldad.
Se levantó y me dio la mano, húmeda, liviana, muerta.
“Van a volver los clásicos, los de siempre.Todo se recicla, todo vuelve. Y si le llegás a hacer alguna nota al Bucay ese, decile que no joda más, que no son tiempos como para andar dejando a la gente sin laburo”, alegó parado, con una media sonrisa dibujada en su pálido rostro.
Me volví a reír con ganas, pensando en las vueltas que tiene la literatura. ¦
El Autor
- Marcelo Pasetti
- Hola, mi nombre es Marcelo Pasetti. Soy periodista hace muchos años. Apasionado por la profesión. Actualmente soy el Sub-Director del Diario La Capital de Mar del Plata. Si querés contactarte conmigo mandame un mail a marcelopasetti@gmail.com o simplemente dejame un comentario en el blog.
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Me gusto. Esta bueno. hasta luego