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By Marcelo Pasetti 0 comentarios

Confesiones y reflexiones de Carlos Rottemberg


Hablar de él es referirse al teatro, al espectáculo y a Mar del Plata. Es unos de esos hombres a los que uno puede definir como un "hacedor": arriesga, puede ganar o perder, pero desde hace años viene apostando por la ciudad.
Carlos Rottemberg, el hombre que lleva tres décadas dirigiendo y levantando teatros, disfruta al contar anécdotas o recordar sus inicios en la actividad.
"Mis padres, a los cuatro años, me mandaron a hacer un test vocacional, porque estaban horrorizados: yo en lugar de ver volar a "Dumbo" en la pantalla, contaba cuántos chicos había en la platea", refiere.
Atiende el celular, da otra sugerencia ante el estreno de una de sus obras, se disculpa y retoma el hilo de la charla. Se divierte recordando su infancia, cuando ya tenía muy en claro que lo suyo iba a pasar por el espectáculo. "¿Sabe usted lo que son las cargadas de un pibe de 14 años cuando sólo quiere saber cómo se forma un equipo de fútbol, y hay un gordito que sólo quiere saber cuál es la capacidad del cine? Cada tanto me encuentro con algún compañero de la secundaria que me dice: "vos eras un plomo, a vos te interesaba saber cuántas butacas tenía el cine del "Gran Rex" de la avenida Corrientes" ...
El productor teatral y televisivo recuerda éxitos y fracasos, evoca sus días como turista en Mar del Plata, y analiza el fenómeno del espectáculo. "Si me pregunta si la empresa con la inversión que tiene en Mar del Plata se salva o no con una temporada, le contesto que nunca se podría salvar con una sola. Necesita que le vaya bien en la anterior, en esta, en la que viene y en la siguiente", sostiene.


-¿Recuerda su primera visita a Mar del Plata?
-Lo que me dice la memoria habla de los cuatro, cinco años. Nosotros en aquel momento constituíamos una "familia tipo": mis padres y mi hermana. Después, en el año 69, tuve otra hermana, pero en aquel momento éramos dos hermanos. Mis padres nos traían –éramos una típica familia de clase humilde del barrio de Mataderos- y parábamos en un hotel que sigue existiendo, el "Hotel Lima", en la calle Sarmiento. Y ahí en "El Lima", a una cuadra y media del mar, recuerdo que compartíamos una habitación los cuatro, en un típico hotel con pensión completa. Y tengo ese recuerdo de la rutina de hotel de la Terminal, con la Bristol tan cerca…El paseo más fuerte de la tarde era irnos hasta la plaza de al lado del cementerio, sobre Almafuerte, donde se alquilaban los caballitos, y esa era la fiesta después de la playa. Estoy pensando que ahora que peso ciento y pico de kilos, ¡pobres caballitos! Pero bueno, en aquel momento los "ponys" me bancaban.

"El cumplimiento y la palabra existen"

-Evidentemente la pasaba muy bien, porque se enamoró de Mar del Plata...
-Claro. Creo que son esas cosas que no tienen explicación. Yo, sin darme cuenta, empecé a venir a Mar del Plata de adulto. Hay una edad que cuesta más venir a la ciudad, creo que sigue pasando hoy con el pibe, con el adolescente que de repente no termina de elegirla como destino y después termina volviendo, como en su infancia. Yo recuerdo que en aquella edad, 18,19 años, el lugar elegido era, por ejemplo, Villa Gesell, para ir con amigos. Pero en el caso mío particular, al trabajar desde muy chico con esto del espectáculo, ya a los 20 estaba en Mar del Plata trabajando con el teatro.

-¿Cuál fue su primera obra en la ciudad?
-Mi primera obra fue "Pijama de seda", una comedia con Susana Campos y Rudy Carrie, su marido de entonces, cuando construí lo que era "La Marmita", ahí en Corrientes. En el restaurante "La Marmita", en el primer piso con una entrada chiquita que el marplatense debe recordar, construí primero una salita –ubicada a la izquierda de la escalera- que era el "Corrientes 1", y otra –ubicada a la derecha- que era el "Corrientes 2" La primera fue en el año `78, y la segunda en el `79.

-Usted debe haber sentido, y habrá experimentado, que el marplatense es "hincha" de aquel que quiere tanto a la ciudad, como su caso...
-Yo tengo un ida y vuelta con eso. El argentino cree que todos los males son argentinos y yo no lo creo para nada. Cuando en los últimos tiempos tuvimos la oportunidad de ver un poquito más lejos de la frontera argentina nos encontramos con que los problemas que tenemos nosotros también están en otros lados. Me parece muy apocalíptico eso de "es lo mismo ser honesto que no", un poco lo que dice "Cambalache", el tango. Nosotros sabemos que esto no es así. Sabemos que la línea ética existe, y sabemos que el buen nombre y honor, el cumplimiento y la palabra, también. Recuerdo con honor cuando unos años atrás el Intendente Katz me entregaba las llaves de la ciudad en el acto de entrega de los premios "Estrella de Mar". Allí estaba mi hijo adolescente, y yo dije algo que me salio espontáneamente y me quedó marcado. Dije que yo esperaba que con esa llave de la ciudad, él primero abriese siempre la puerta de la ética, y sólo después la de los teatros. Y me parece que ahí hay un concepto, que es lo que trato de sostener en la vida publica, dividida de la privada tan sólo por una línea delgada. Y digo esto de lo público y lo privado porque cuando uno, como en mi caso, se mueve en un medio tan visible, dentro de cuatro paredes puede desarrollar lo que le haga bien lo que necesite para su vida. Pero hay que tener mucho cuidado cuando eso se trasunte a una sociedad y cuando uno tiene que responder por otros.

"Hice mi facultad del mundo del espectáculo"

-Cuando uno es chico quiere ser bombero, medico, futbolista…¿Usted ya quería ser empresario del espectáculo?
-Exactamente. Yo quería ser exhibidor de cine. En realidad no tengo muy claro cómo llego a ser exhibidor de teatro. A mí lo que me interesaba -y te estoy hablando de mi infancia- era saber por qué los chicos iban al cine, por qué querían ver una película y no otra. Yo escribí un librito que se llamaba -por supuesto- "No hay mas localidades" (¡mirá qué título obvio para alguien que se dedica a esto!); y en ese librito contaba que mis padres, a los cuatro años, me mandaron a hacer un test vocacional, porque estaban horrorizados: yo en lugar de ver volar a "Dumbo" en la pantalla, contaba cuántos chicos había en la platea. Esto es como cuando me preguntó sobre el amor a Mar del Plata. ¿Cómo entender el amor a Mar del Plata, si no entiendo cuál fue el amor que me llevó en la Capital a querer saber el por qué de los comportamientos del público a esa edad? Son esas cosas que no termino de comprender. Fundamentalmente, lo que sí tengo en claro –y lo digo muchas veces a la gente joven- es cuánta energía ahorra el adolescente cuando se sabe lo que se quiere ser "cuando sea grande", qué bueno es poder direccionar el objetivo. Charlo mucho con mi hijo -que tiene 20 años- y con sus amigos, acerca del problema que implica esto de no saber "qué querer ser cuando se es grande". Normalmente los padres, o los adultos en general, toman el problema de "no sé qué quiere hacer mi hijo cuando sea grande", cuando en realidad el problema es del hijo. Y uno tiene que tratar de colaborar en comprender esa incertidumbre que lleva el adolescente. En mi caso tenía claro que quería exhibir cine, que a mí me interesaba venir a la ciudad, por ejemplo, pararme en la calle Salta y Luro, y tratar de entender por qué la gente elegía determinado estreno. Eso es lo que me interesaba, saber por qué, por ejemplo, el "Ópera" tenía tantas funciones, o cuánto costaba la platea del "Ocean Rex".

-¡Hacía marketing cuando todavía no se conocía esa palabra!
-Algo asi. Yo hice mi propia Universidad, algo que descubrió el terapeuta al que fui a los cuatro años y a los dieciséis. Mientras transcurría la primara y la secundaria hice mi "facultad del mundo del espectáculo", no fue algo gratuito. Yo siempre estudiaba para lo justo, no fui nunca un alumno sobresaliente ni mucho menos. Estudiaba para el cuatro o el seis, "hasta ahí", cosa que mis viejos no me retaran. Pero todo el resto no tenga usted duda que sí estudiaba: tenía mi colección de programas de cine, los preparaba todos los jueves cuando se estrenaban las películas, y hacía vaticinios sobre cómo iba a funcionar cada una. Los lunes, a partir de los diarios o la continuidad de la película en la cartelera, me corregía para saber si había aprobado o no mi propia lección. Esto me dio mucha seguridad cuando a los dieciocho ingresé a exhibir cine, porque es como que solitariamente había aprendido. Eso tiene también una contrapartida: ¿sabe usted lo que son las cargadas de un pibe de 14 años cuando sólo quiere saber cómo se forma un equipo de fútbol, y hay un gordito que sólo quiere saber cuál es la capacidad del cine? Cada tanto me encuentro con algún compañero de la secundaria que me dice: "vos eras un plomo, a vos te interesaba saber cuántas butacas tenía el cine del "Gran Rex" de la avenida Corrientes". También, por ejemplo, iba a esos cines que no dejaban entrar a los adolescentes, a las películas de Isabel Sarli bañándose desnuda en no sé dónde, y yo me quedaba en la puerta, preguntando cuántos menores habían entrado. Y claro, los pibes decían: "a este enfermito dejalo"...(risas)

-¿Cuántas obras tiene en cartelera este verano?
Ocho.

-¿Y sigue haciendo aquellas cuentas todos los días, caminando y recorriendo?
-No, no. Yo le diría que uno al principio tiene la impunidad de la juventud, cree que sabe. Ahora, después de muchos éxitos -pero fundamentalmente de muchos fracasos- uno se va dando cuenta de que sabía menos de lo que pensaba.

Brujas, Salsa Criola y Olmedo

-¿Cuál fue el espectáculo más exitoso que le haya tocado producir?
-Depende cómo se mire. Si vamos a la cantidad de años en cartel, de lo que significó una comedia en Argentina como récord, fue "Brujas". Casualmente se estreno acá, en Mar del Plata, el 3 de enero de 1991, y duró doce temporadas. El récord de un espectáculo de humor o "cabalgata humorística", como le digo yo, fue "Salsa criolla" con Enrique Pinti en Capital Federal. El récord en una sola temporada marplatense fue el Negro Olmedo con "El negro no puede", en la temporada 87. Entonces es depende desde dónde se lo mire. Siempre la gente del ambiente, como de otras disciplinas, habla sólo sobre los éxitos. Yo le puedo decir que sobre 400 y pico de estrenos, una vez me senté a hacer una cuenta mas o menos cierta, y teníamos unos 10 que eran "tanques" –llamémoslo así- , unos 100 y pico que anduvieron bien, unos 100 y pico que anduvieron mal, y unos 100 y pico que fueron desastres. Lo que pasa es que, por suerte, yo no sé si es un ejercicio a la mala memoria o a la matemática fallida, pero siempre nos quedamos hablando de las cosas que funcionan y nos olvidamos de las que no.

-¿Qué expectativas tiene para esta temporada?
-Creo que no puede evaluarse tan sólo una temporada. En 29 años de teatro en Mar del Plata imagínese por todo lo que hemos pasado: por el Plan Bonex, Plan Corralito, Plan Dólar, Plan "apagar las marquesinas de luz", y no sé cuántos más. Los que tenemos una continuidad en algo, lo vemos como un sinfín. Hace muchos años que no me detengo en una temporada en particular, porque tuve las buenas y las malas. Lo veo como una empresa que tiene esta actividad, y que necesita de un mínimo como para poder seguir cumpliendo las obligaciones y, eventualmente, ganar dinero para poder seguir haciendo teatro, entonces tal vez me detenga en evaluar una temporada hasta menos que un artista. Yo necesito ver cómo se hace de enero a enero –encima con el agravante de lo que significa más de 9 meses cerrados los edificios tan grandes - para sostener la rueda. Con esto quiero decir que la expectativa la mejor, pero que si me pregunta si la empresa con la inversión que tiene en Mar del Plata se salva o no con una temporada, le contesto que nunca se podría salvar con una sola. Necesita que le vaya bien en la anterior, en esta, en la que viene y en la siguiente.

-¿Se puede tener amigos del "rubro" en esta actividad?
-Resulta paradójico, pero mis tres o cuatro amigos de la actividad son actores y no empresarios. Yo no tengo un amigo empresario teatral, sí –en cambio- amigos actores, como por ejemplo Guillermo Bredeston, un conocido de Mar del Plata por sus temporadas de "Los galanes" en el Provincial, en los años `60, hasta por lo que hizo en el Hermitage cuando lo inauguró como teatro. Ese es un tipo con el que tenemos una diferencia importante de edad, pero que nos llevamos muy bien, y somos amigos. Fui también muy amigo de Hugo Sofovich, y de su mujer, hasta sus últimos días. Por eso digo que resulta una paradoja que siendo empresario teatral –incluso presido la Cámara de empresarios de teatro- no me haya hecho ningún amigo empresario.

-¿Cómo es trabajar con Mirtha Legrand?
Es muy sencillo para quienes la conocemos. Para mí, le diría que es más sencillo que trabajar con un actor que recién comienza y que tiene la inseguridad del medio y de lo que viene. En este caso, ella es una mujer muy segura, ya hemos pasado el límite de lo netamente profesional, y sigo sin creerle aquella frase que dice siempre que se va a retirar (cosa que no le creí desde que lo dijo la primera vez, hace 17 años). Realmente es muy fácil trabajar con ella en ese formato de los almuerzos, lo conoce mejor que nadie y, en definitiva, hace y deshace a su antojo. O sea que con subordinarse, es fácil...

¿Si habría que hacer una obra de teatro con la vida de Carlos Rottemberg…qué nombre le pondría?
-Yo no sé el nombre ahora, pero sí podría relacionarlo con una definición que escuché hace muchos años y la tomé para mí. La frase decía "el riesgo es la justificación moral del empresario". Yo le agregaría: "el riesgo económico es la justificación moral del empresario". Me parece que uniría algún título bajo ese concepto. El empresario que se dedica a una actividad comercial, como en mi caso, debe correr riesgos, ya que esa es la justificación moral para poder tener gente que, de repente, es asalariada, que vive de ese trabajo. Creo que buscaría el título a la obra a partir de esa definición. Mar del Plata merece que apuesten por ella. Y ojalá la gente de todos lados siga viendo lo mismo que yo vi hace muchos años.